Se rompió el sueño

Hoy escribo sobre algo más personal, sobre algo que me toca de cerca y me apena profundamente. He tardado unos días desde que salió la noticia pero esperemos que al menos este tiempo proporcione tranquilidad y ayude a aclarar el torrente de ideas que se amontonaron en mi mente la mañana que leí el artículo.

Silencio en los colegios mayores
Las residencias pierden estudiantes por el descenso del nivel adquisitivo de la clase media. Los centros más elitistas mantienen o aumentan el número de colegiales

El texto trata de reflejar las desigualdades creadas por esta crisis a través de la realidad de los colegios mayores. Mientras los colegios más económicos están casi  vacíos, los de alto standing, aquellos en los que a los señoritos colegiales les hacen hasta la cama, por el módico precio de 1400 euros al mes, están llenos. Algo esta muy podrido, obviamente.

Pero claro, el periodista autor del artículo no lo ha vivido y queda poca gente por allí que le pueda contar lo que fue un día el Johnny. Para poner al lector en contexto, el San Juan Evangelista es un colegio para 400 residentes con un 25-30 % de plazas en habitación doble, y cuyas habitaciones individuales tienen en su mayoría la friolera de 6 metros cuadrados. Unas pocas tienen “media baldosa” más de ancho (supongo que hasta los grandes arquitectos echan un borrón) y había 6 habitaciones con casi el doble de espacio.

Visto desde la mentalidad mercantilista que domina hoy el mundo, parece inaudito que el reparto de habitaciones no se hiciese mediante un sistema de precios de forma que los colegiales accedieran a mejores cuartos en función del poder adquisitivo de sus familias. Pero allí las cosas simplemente no se hacían así. Había un sistema meritocrático para repartir las habitaciones.

¿Y cuáles eran los méritos? Pues los que decidían los propios colegiales en comisión. Se ganaban bien en los estudios, bien colaborando en una de las 29 actividades culturales del mayor, que iban desde el teatro a la cooperación pasando por los deportes. Las puntuaciones de los estudios se ponderaban según la dificultad de la carrera, a través de factores aprobados también en comisión colegial. Lo mismo ocurría con las actividades: los puntos otorgados por los coordinadores de actividad se ponderaban por el trabajo general de la actividad ese año, de nuevo con criterio de la comisión colegial. Al final había una lista con puntos por cada colegial y las habitaciones se asignaban según esa lista.

Lo más interesante, es que, dentro de esa atmósfera, uno sentía que este farragoso procedimiento era “lo lógico”. Todo el mundo sabía quiénes eran aquellos 6 privilegiados de las habitaciones “extra grandes” y lo que habían hecho para conseguirlas. Tras llevar ya algún tiempo viviendo en el mundo real, se me antoja pensar en cuántos problemas se evitarían si procedimientos similares se aplicasen para el reparto de vivienda. Sé que es inviable que una sociedad de 46 millones se organice como 400 universitarios, pero ¿no resulta idílico un mundo sin preferentes ni hipotecas leoninas?

johnny_banquitos

Con el pasar de los años, he vuelto a reflexionar sobre algunas otras cosas que ocurrían en el Johnny y que hoy se me antojan heroicidades. En cierto momento llegué a tener una posición de cierta responsabilidad (las subdirecciones del colegio recaían en colegiales de últimos años de carrera) y me tocó bregar con algunos problemas. Una vez, con pleno respaldo de mi director, tuve que decir a un nuevo colegial (que aún no había entendido las particularidades del mundo en el que acaba de entrar): “aquí no importa que tu padre sea vicepresidente y consejero de la caja propietaria de este colegio, aquí no hay prebendas, si quieres algo, cúrratelo”. Estamos hablando de unos años en los que a los “bien relacionados” en las cajas no se les negaba nada. Más bien al contrario. Pues en el Johnny se hacía. Uno quiere pensar que lo que pasó después no tuvo que ver con directivos heridos en su orgullo.

¿Es posible que esta forma de  entender las cosas influyera positivamente en el devenir de los que allí vivimos? Tiendo a pensar que sí: desgraciadamente he perdido el contacto con muchísima gente, pero una estimación de aquellos a los que sigo la pista me dice que si bien pertenecemos a la generación de jóvenes más castigada de la historia de España, la tasa de paro entre los excolegiales de el johnny debe ser la tercera parte o menos de la  de la población general en nuestra franja de edad.  Hay mucha gente a la que le ha ido muy bien: han creado empresas, se han convertido a edad muy temprana en referentes en su campo, recibido premios…

¿Y por qué escribir esto ahora? Pues porque a la vez que El País publicaba el artículo sobre los problemas de los colegios mayores, me llegaba una noticia que me resultó terrible. En el presente curso 2013 / 2014, acuciado por la escasez de colegiales (y la no menos rampante intención de la propiedad de amortizar a corto plazo una inversión que nunca quiso hacer) , el colegio ha decidido que pagando una cuota superior se puede acceder a una antigua habitación doble acondicionada para uso individual. El sueño se ha roto.

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